sábado, 16 de julio de 2011

Justificando un poco el mal del mundo [Segunda versión]

¡Número sesenta y cinco! –hace un llamado en voz alta una señorita detrás del mesón–, ¡por favor el número sesenta y cinco! –alza la voz y levanta la vista para intentar hacer contacto visual con su próximo cliente. Sus ojos parecen más grandes, se sorprende al ver a una muchacha exactamente igual a ella acercarse a su mesón, con un papel entre los dedos que tiene un número sesenta y cinco impreso en color rojo. La mujer intenta mantener la calma mientras la otra muchacha, de traje y tacones con un pequeño bolso colgando de su hombro derecho, se acerca lentamente al mesón, sus miradas se encuentran un par de veces y el nerviosismo de una se traduce en una mueca de burla en la otra. Aquel lugar está lleno de mesones y mujeres atendiendo pacientemente a más de cien clientes que llegan a diario; niños llorando, ancianas reclamando por lo bajo, hombres sobrepasándose con su tono de voz. Las personas que esperan sentadas su turno no parecen notar que el “número sesenta y cinco” es una copia delicadamente acabada de “la señorita del mesón“, todos ignoran los posibles alcances de aquel encuentro, siguen ensimismados en sus preocupaciones. El número sesenta y cinco llega al mesón, coloca su pequeño bolso delante de ella y solicita un documento  para suplantar identidad. La señorita detrás del mesón busca la forma, su nerviosismo hace que sus manos se humedezcan y sus codos golpeen los anaqueles. El número sesenta y cinco comienza a impacientarse, debe llegar a una cita en quince minutos. Luego de llenar la forma debe entregármela, de cinco a diez minutos su solicitud estará procesada y podrá suplantar la identidad de la persona que usted individualizó en el documento, muchas gracias por preferir nuestro servicio –la señorita del mesón estaba bastante nerviosa, todas aquellas instrucciones habían salido de su boca con tanta fluidez que le parecía imposible haberlas pronunciado. El número sesenta y cinco sacó una pluma de su bolsillo y comenzó a llenar los espacios vacíos que había en el documento, acabó rápido, con un delicado movimiento de su muñeca firmó el documento y lo entregó a la señorita del mesón. La señorita del mesón intentaba calmarse cuando, desde el otro lado, recibió el formulario completo y firmado, una pequeña lágrima se deslizó a través de su rostro cuando leyó su nombre en el documento, aquella persona pretendía suplantar su identidad y ella, recibiendo ese documento, lo había aceptado e incluso le había facilitado el trámite. Es la hora, ya nada de esto es tuyo cariñito –dice el número sesenta y cinco sacando un revólver de su bolso, apuntando a la cabeza de la señorita del mesón y, finalmente, disparando. El cuerpo de la señorita del mesón cae del lado izquierdo de su silla, con los ojos abiertos y vidriosos, el pequeño agujero en medio de su frente comienza a desbordar sangre. El sonido del disparo quedó en el aire por algunos segundos, las personas que esperaban su turno no levantan la cabeza más que para ser atendidas. La mujer del revólver se sienta detrás del mesón, felizmente llegó a tiempo a su cita. En dos horas y media más se acaba su turno.

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