viernes, 12 de octubre de 2012

Misivas impertinentes [Completas]



 1.- Última carta [1972]
Mi adorada Anaïs:
            Tuve el placer de ver sus films eróticos por primera vez, en Nueva York, hace ya veinte años. Supe por sus diarios que usted tenía predilección (¿devoción?) hacia la pornografía en todas sus formas, incluso su vida fue la de una meretriz recatada, una mujerzuela de doble vida a la cual me hubiese encantado penetrar. Supongo que con usted muerta y yo muy viejo la unión sexual sería grotesca antes que erótica, lo comprendo, mas no me disuade de mis fantasías, mis sueños con su pequeño cuerpo, mis alucinaciones con el misterio que representa su vagina. Le escribo para dejarle esta carta sobre su tumba, no tuve oportunidad de conocerla, de haberlo logrado no me habría entendido (no hablo su idioma), espero que en la tumba el idioma no importe. Aún conservo mi ejemplar de “Burlesque” –el número de su primera edición, el que coincidió con la publicación de su primera sesión de fotografías– me gusta pensar que la pluma que había en el interior de la revista fue un regalo que usted dejó allí para mí ¿por qué razón una revista con contenido pornográfico albergaría entre sus páginas una pluma de pavorreal? Sigo pensando en un imposible, quizás cuando esté frente a su lápida me atreveré a hablar, aunque no quiero molestarla; quizás beberé vodka de la marca que le gustaba, lloraré un poco, maldeciré. Estoy tan triste.
            Deseando que se masturbe con estas palabras dentro de su agradable féretro. Se despide. Siempre suyo.
John “el bolas” Risso


2.- Penúltima carta [1949]
My little rose:
            Con frecuencia me pregunto si en algunos años más serás tan bello como ahora. He observado de cerca tu cuerpo, el espejo que recibiste en tu cumpleaños número diez me ha servido bien para ocultarme; sé que te gusta mirar cada centímetro de tu cuerpo, por las noches, cuando tu padre se ha ido a beber. Me detengo en tu delicioso vientre, bajo la mirada y mi respiración se detiene para no perder detalle de ese triángulo sin ganas de ennegrecerse, el flamante orgullo de tu infancia. No sabes cuantas veces he querido tener entre mis manos esos muslos delgados, separarlos mientras guio tus piernas al cielo, así podría ver tu pequeño pene que se levanta apenas o aquella estrella blanca que escondes tan bien entre tus tersas nalgas. ¿Por qué estás tan solo por las noches? ¿acaso no sería más simple decir “mamá duerme conmigo”? Me enloquece que salgas a jugar con tus amigos, todos aquellos burguesitos sin gracia, ellos que tarde o temprano despertarán en ti la curiosidad, el deseo, las odiosas comparaciones de sus miembros en la adolescencia, la competencia, el ego ¿querrás a tu madre en ese entonces?, ya seré vieja, estaré secándome y jamás podré pedirte que me penetres como lo he deseado hasta hoy. Por favor rose, no puedo irme de esta casa sin tocar tu vientre, sin tocar ese pequeño pene que me enloquece, oh rose, te amo tanto.
            Muchos besos en tu dulce boca
Constance


3.- Antepenúltima carta [1995]
Chica panda:
            Llevo la gran cabeza de peluche sobre mi cabeza, ahora, mientras escribo. Es difícil respirar, es complicado escribir y ver las letras por las pequeñas ranuras, dos agujeros absurdos que pretenden ser los ojos del animal que escogiste para mí ¿recuerdas en dónde compramos estas cabezas de peluche? Escogí un panda de ojos tristes para ti, te miré y pensé que sería correcto, luego lo pensé excitante. Ahora creo que necesito tu cabeza de panda junto a mi cabeza de zorro. Durante el sexo también me cuesta respirar, pero no lo siento como algo malo, me encanta, me fascina, te amo chica panda. ¿Sabes? pareciera que estando atrapado en esta cabeza de zorro, el tiempo se detiene, necesito el impulso diario de tu cabeza de panda para salir del letargo. Me dolió tu abandono, me quedé llorando dentro de mi cabeza de zorro –tres horas con algunos minutos– no creo poder recuperarme de la mirada triste en tu cabeza de panda, el excitante olor a peluche sucio que escapaba cuando teníamos sexo, el sudor. Creo que debí fijarme más en tu rostro, reconozco que no me interesa –ni lo hará jamás–, pero noté en los gestos de tus manos, que sí te interesaba mi rostro. Te amo, pero no puedo quererte sin aquella cabeza bicolor. No tengo que disculparme, te amo retorcida y jadeante, con aquella cabeza desproporcionada cubriendo tu verdadero rostro.
            No quiero que me dejes chica panda, adoro tus ojos tristes.
Gerard, tu chico zorro

[En parte publicado en Revista Literaria Escarnio N°32]

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