sábado, 18 de abril de 2015

El dilema de la sumisión

En un jardín
se pueden escuchar
tantos idiomas
sin poder descifrar uno. 
S. N.

El aroma de los claveles me recuerda la preocupación que me inquieta; los colores reviven mi intenso amor por las flores silvestres y los pétalos, la suavidad de mis manos en el momento que acaricio mi cuerpo por las mañanas, mas, su procedencia evoca episodios amargos. Como un suave murmullo un gato bicolor se acerca, recorre paciente la habitación y se sienta sobre mi regazo; el bienestar irradiado desde un punto detrás de su cabeza me provoca una sonrisa boba, estoy embelesada con su ronroneo, este instante es lo único que necesito. El té recién servido deja escapar un halo difuso, aromático; juguetón se aleja en dirección a la ventana. La taza blanca permite observar el intenso color del té, un barquito de canela flota a la deriva mientras remuevo el líquido con una cucharilla. Me permito observar los objetos de la mesa, los recuerdos. Las flores no siempre fueron un estímulo agradable, comencé a amar las flores porque el gato las traía para mí, las que ahora adornan mi mesa me las trajo apenas ayer. El gato levanta su cabeza y con un maullido pide comida, encantada le sirvo algo. Acerco la taza a mis labios mientras observo al gato comer, él levanta la cabeza de cuando en cuando, mira las flores y continúa comiendo, yo sonrío, el té tibio despide un aroma menos intenso, afuera, el intenso color del día me provoca, ya deseo ir a caminar; con suerte, el gato me acompañará. Dejo la taza, el barquito de canela está en el fondo, quieto. Vamos afuera –le digo al gato–, espero un momento a que salga y cierro la puerta de la casa.
Caminamos uno al lado del otro, desde aquí, fuera del hogar, lo único visible del parque son copas de árboles con algunos brotes y flores. Un par de cuadras de lenta caminata y aparecen los caminos del parque, cada uno recorrido por personas disfrutando del insipiente inicio de la primavera; agradable lugar de encuentro común. Seguimos caminando uno al lado del otro como dos buenos amigos. Pestañeo y recuerdo. Con el aroma a claveles, un sentimiento de extrañeza se aloja en mi pecho, mis pasos se notan forzados, mi rostro se contrae cerca de la boca, el gato me mira, intento mostrarle una sonrisa, pero el resultado es una mueca carente de significado. El parque se extiende a lo largo de varias manzanas, pinos, setos y arbustos. Los pies de un ciruelo en flor es lugar ideal para sentarnos un momento, decido apoyar mi espalda en el árbol mientras invito, con un ligero movimiento de mis dedos, al gato a recostarse sobre mi regazo. El cielo, el aire, las nubes corriendo una tras de otra, sugiriendo formas e ilustrando imágenes olvidadas, recordándome que ese gato se había alojado en mi vida, que estaba viviendo en mi casa, que en este momento yo acariciaba su cabeza con delicadeza. El gato mira los pétalos caer, aquellos se desprenden flojos de los árboles que nos rodean. Se distrae, parece inquieto, triste, sus ojos me angustian. El soneto que se escribe con la brisa, su pequeña mente ausente y la certeza de un adiós me estremecieron, mi corazón se contrajo y quedé sin aliento. No puedes cortar flores de éste jardín hasta que comience la primavera, no dejarás que nadie lo haga más que yo. No podía recordar el rostro de quien pronunciara esas palabras, quizás fue el susurro de un recuerdo dentro de mi cabeza, un rumor traído desde lejos por el viento. Nadie más que yo, nadie más. La cabeza del gato estaba tan cerca de mis labios que podía ser él quien murmuraba, me leventé y él cayó de pie a mi lado. Un chasquido de fastidio acompañó la cola del gato agitándose como un látigo. Háblame ¿no me recuerdas? las flores, claveles, yo advirtiendo mi propiedad sobre todas esas flores, te lo recordé esta mañana, te lo recuerdo ahora. Un té y las flores, el gato sobre mi regazo, su cabello largo ocultando su rostro, sus dedos largos tocando todo cuanto alcanzaban. Las flores no las puede cortar un gato, pero ¿quién lo puede asegurar? Camino, el gato me sigue, lleva una marca de fastidio en medio de su rostro, sigue agitando su cola intentando domar mis recuerdos. Se adelanta cuando regreso al camino principal del parque, se detiene y se mantiene de pie, gira su cabeza, mantiene su vista fija en mi rostro, casi puedo decir que me mira a los ojos; desvío la mirada, siento incomodidad, decido volver a casa.
Una segunda taza de té, ahora flota un pétalo de la pequeña flor del ciruelo, cayó de mi cabello cuando acercaba mis labios para beber. Siento presión en el cuello, pierdo el aliento, acabo por ahogarme, mis piernas se debilitan unos segundos. El gato se acerca, sé a lo que viene. Como otras veces se acerca y pone su pata sobre mi mano, me mira disculpándose por la violencia, veo que lo siente en sus entrañas, lo comprende, le acaricio y le digo “no importa”, aquello siempre sucederá pues comprendo que está enojado. No bebas té mientras te estoy hablando, tienes que escuchar cada palabra que te diga, tienes que hacer lo que yo te mande. El gato retira su pata de mi mano, va a mirar los pájaros que saltan de árbol en árbol, se sube al techo, canta.
Recuerdo un instante acontecido frente a una taza con té similar a la que bebo, un rostro se refleja nítido dentro del líquido. Cada línea de expresión del rostro está marcada en duro rictus iracundo. Lleva el cabello largo y le tapa parte de un ojo, podría ser la cara de un hombre-niño, cálida y paciente por ese mechón alocado de cabello, pero no es el caso, aquel rostro que me parece angustiantemente familiar está a un segundo de abalanzarse sobre mi cuerpo, alzando ambas manos, golpeando la mesa que nos separa, volcando la taza con té. Sin desearlo una lágrima llega al suelo. Sin pensarlo recojo una taza de té intacta, pienso que ha perdido su contenido sobre la mesa, tomo un paño y seco la mesa manchada con el té derramado en un recuerdo. El gato se baja del techo, se cuela por la ventana y camina hasta la lágrima abandonada en el piso, lame y todo su cuerpo parece triste, ha bajado su cola y orejas, los grandes ojos se le humedecen, podría estar llorando, podría yo estar mirándolo con los ojos velados por las lágrimas. No quieres a nadie más que a mí, no puedes irte de aquí, no tienes a nadie, no hay nadie más afuera, no puedes decirle a nadie, no puedes hablar porque nadie te escucharía. Levanto al gato, lo abrazo como lo haría una madre con su recién nacido, camino a la habitación, me tiendo de espaldas y dejo al gato de pie sobre mi vientre, un momento de duda y se acomoda con sus patitas dobladas, ronronea.    
  ¿Qué te ha sucedido? ¿dónde estás? no le he visto desde el fin de semana, se largó advirtiendo que no dejara la casa, que no dejara entrar ningún gato. Recordaba todo, cada segundo de miedo, cada día de odiosas miradas, de fatales golpes por pequeños errores: se vaciaba la azucarera, el baño tenía manchas de agua en sus paredes, ella miraba su té mientras el hombre le hablaba, ella diciendo que le gustaban los gatos más que los hombres. No sabía si volvería a verle, pero comprendió que no podía permanecer temiendo a un ser ausente.
            Otro día. Me levanto de la cama, veo al gato caminando a la cama, trae flores silvestres en el hocico. Preparo un té, lo bebo mientras el gato ronronea. Me permito un momento de egoísmo, busco un espejo y decido maquillarme, vestir hermosa para caminar un rato en el parque, no espero que el gato me acompañe, le abandono a propósito.
Me siento en una banca del parque, tan rápido como suspiro aparece un hombre que se sienta a mi lado. No tengo tiempo de pensar en nada, él ya está hablándome de lo bella que me veo. Me sonrojo, me siento afortunada. Le invito a casa, me toma de la mano casi todo el camino de regreso. Al entrar a la salita el gato me mira con ojos que me fulminan por el odio que irradian, me siento triste. El hombre se acerca al gato, lo toma, abre una ventana y lo lanza sin cuidado. Odio a los gatos, jodidas bestias caprichosas. Me siento, preparo un té. Vamos dentro, para eso vine aquí. Pienso en las flores que trajo el gato por la mañana, las busco con la mirada, no puedo encontrarlas. Vamos dentro. No quiere dejarme el recuerdo del hombre que me abandonó. Vamos nena, ya me tienes aquí ¿acaso vas a sentarte a beber té y mirar flores que no existen? Se me aprieta el corazón ¿cómo puede hablar con soltura de algo que no conoce? ¿qué sabe él de las flores? Me levanto e intento sacarlo de ahí, apenas puedo hablar, siento miedo. Estúpida mujerzuela. Me tira al piso en el forcejeo, se larga golpeando todo a su paso, incluso el gato que esperaba entrar.
Encuentro las flores, están tiradas a mi lado junto al gato, camelias.


Publicado en Revista Escarnio Nº48 - Especial Botánica

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