lunes, 21 de febrero de 2011

Sorpresas en la oscuridad del callejón

I.– El cabello negro que se sostenía con algunas horquillas acaba de caer sobre mi frente y es que la lluvia lo ha empapado, el peso lo ha precipitado sobre mi rostro que comienza a perder el color que le brinda algo de maquillaje aplicado sobre mi rostro en algunos minutos cada mañana de cada día. Las pequeñas gotas de lluvia sobre el pavimento se convierten en espejos y puedo ver mis débiles rodillas juntarse por el frío que comienza a recorrer mi cuerpo a medida que la lluvia moja mi ropa. Mi falda, aunque larga, no logra cobijar mis piernas, la camisa que hace algunas horas no dejaba ver ni un centímetro de mi torso ahora expone y acentúa las curvas de mis pechos que se levantan y endurecen, se defienden del frío aún estando empapados. Mis zapatos de tacón ancho se han arruinado con el agua que corre calle abajo, el barro se cuela entre mis dedos, es incómodo caminar. Sobre la acera hay poca gente, cada una preocupada de sus asuntos, algunos llevan paraguas, envidio al sujeto que me mira desde lejos, parece estar caliente metido en esa chaqueta tan gruesa, botas negras, pantalón de cuero y sombrero. La seña que me hace con la mano izquierda es un poco ambigua, no estoy segura si me llama o intenta coger algo que no alcanzo a ver; de todos modos decido ir a hacerle compañía, no estoy con ganas de seguir mojándome bajo esta lluvia que no parece tener ganas de irse.

II.–  El cielo escupe sobre la ciudad, maldigo la ciudad. Un instinto un tanto extraño me previno de la lluvia, los pantalones y toda la ropa que escogí ese día eran para protegerme de una lluvia que nadie más vio venir. Las botas me incomodan, los pies que tengo no me permiten caminar demasiado sin cojear de tanto en tanto. La chaqueta no es de mi talla, quizás algo más grande de lo que debería, estaba allí encima y no tuve problema en llevarla conmigo. Los pantalones que llevo son difíciles de conseguir, quizás un remate o alguna venta de ropa usada. El sombrero es un detalle para cubrir un poco mi rostro de las miradas impertinentes. Comienzo a sentir en los pies un pulso que incrementa mi sensación de malestar, debo detenerme a riesgo de empaparme bajo la lluvia que no parece tener ganas de irse. Una mujer delgada se ve un poco molesta por el frío, quizás una aspirante a monja que ha olvidado cubrirse adecuadamente, sus pechos se ven a través de su blusa, sus piernas tiemblan, sus manos se mueven alrededor de su cuerpo, se frota intentando obtener un poco de calor. Hago un gesto débil con mi mano izquierda, ella quizás no lo notó bien; lo repito y ella comienza a acercarse lento, ella duda de mis intenciones, quizás le da un poco de miedo mi apariencia o está entusiasmada por la esperanza de que le facilite mi chaqueta ¿y dejar de mirarle los pechos? ¡ja!, ilusa.

III.– La mujer tropieza a centímetros del hombre de chaqueta gruesa, ella cae y él la sostiene, ambos sienten que deben alejarse un poco de borde de la acera, y acaban en un callejón oscuro que los protege de la lluvia. La mujer comienza a buscar urgentemente la entrepierna del hombre y, a pesar de sus hábiles manos, no la encuentra.
    –No eres un hombre ¿cierto?
    –No eres una novicia ¿cierto?
    –Te invito un café

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