martes, 1 de marzo de 2016

Bebemos compulsivamente té



Cargado y tibio, digo cuando me preguntan por el té. En tazón, despejando dudas sobre el tamaño. Té por favor, cuando me preguntan qué bebida caliente prefiero. Dame otro, si alguien me ofrece más. La relación con las bebidas nunca ha sido fácil para nadie, adhieres sin tener conciencia de lo que te sirvan de pequeño, siguiendo las insanas preferencias familiares: bebidas de tres litros en el paseo familiar, mate cuando los chicos se transforman en adolescentes, café de grano cuando tienes familia remilgada, té en todos los demás casos. Ya que escoges acompañar tu vida con alguna de las anteriores, deberías saber que en el instante más extraño, acabarás con una taza –o vaso entre tus manos, abriendo la boca, preparando tu lengua para recibir el líquido aromático. En esta parte debes saber que preferimos el té, como autores y editores, como seres pacientes en constante búsqueda de la distinción. Teníamos en la mochila un pequeño termo de morado metálico cuando recibimos noticias auspiciosas sobre un concurso editorial, nos sentamos pensando en lo que significaba a futuro, acompañando nuestras ensoñaciones con té y cigarros. Bebimos litros y litros de un té negro que nos mantuvo optimistas durante los días de la Feria del Libro, extenuantes 17 días. Nos acompañó un termo negro, más grande y menos abollado, en las tardes calientes de Antofagasta, mientras escuchábamos un slam poético, no sabía dónde colocar la taza para aplaudir por el ganador. Bebemos té mientras decidimos el tema de la próxima revista, cuando diseñamos las portadas o leemos los textos en voz alta para convenir cuales serán publicados. Bebía té cuando leí que los distintos tipos de té provienen de la misma planta, de las mismas hojas; la diferencia radica en la madurez de las mismas ¡qué sorpresa! El té que bebo es el más maduro y amargo. No soporto los aditivos o las “aguas perras”, alguna vez (experimentando) me envenené con ruda y desde entonces no soporto olores distintos al del té puro, me asquea el empalagoso “caramel” o el atropellante “rose” ¿para qué? si ya el té amargo desarma tus sentidos y los reordena para tenderle alfombra al trabajo, al cigarro o a la conversación. ¿Azúcar, miel o endulzante? Me sigo preguntando ¿para qué? Azúcar envenenada y miel para quien pueda comprar litros y litros de elixir ora alimento de reina, ora alimento de esclavo, excusándose con el aburrido “es más sano” y un insulto monstruoso para el enfermo consumo de sucralosa o sacarosa ¡alguno que me diga la diferencia química de uno y otro! –se ganará el derecho de consumirlo. Té gente, té es la respuesta, té amargo y negro, té mientras escribes, té mientras lees, té mientras esperas (a por otro té). 

Publicado en Revista Escarnio N°56 Especial Té [Septiembre 2015]

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