jueves, 29 de julio de 2010

Amor, regálame cardos.

"El cardo ha destronado a los niños que fuimos
y fantasmas perdidos en el reino del cardo"
Enrique Lihn

Cuando le conocí era solo un niño, de esos niños flacuchos que asesinan animalillos porque se les da la gana. Al crecer “cambió de bando”, ya no dañaba a los animales, ni a las plantas y qué decir de los seres humanos, él prefería dañarse a sí mismo. Cuando me reencontré con él -siendo yo un adolescente insoportable- me regaló algunos cardos, yo no sabía qué hacer con ellos, no pude sostenerlos mucho tiempo en mis manos y terminé dejándolos caer a mis pies; el muchacho se arrodilló frente a mí y recogió los cardos, me miraba de reojo y seguía por la labor de reunirlos en sus manos. Yo estaba totalmente perdido en ese estimulante ritual cuando él me miró a los ojos algunos segundos. Ahí, arrodillado frente a mí, me propuso un desafío en el juego que más le gustaba. Era muy simple, ganaba el que resistía más tiempo sin reaccionar. Cuando ambos estuvimos preparados, comenzamos a empuñar nuestras manos alrededor de un montón de flores secas de cardo, sangrábamos, dolía cada segundo de esa tortura elegida ¡y no por nada le dicen abrepuño!. Él siempre sonreía y esa primera vez ganó.
De ahí en más siempre ganó el juego, cada vez que nos veíamos había cardos secos entre nosotros, manos dañadas por espinas secas y todas esas cosas que hacen los amigos… ¿en ese punto aún éramos amigos?.

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